L'eau de la vie

sábado, 3 de noviembre de 2012

El fin

Hace algunos años, por estas fechas, yo era la persona más feliz del mundo. Por primera vez en la vida, supe, o creí saber lo que es el amor. Cada octubre marca el año. Ya no sé qué esperar cada vez que llega septiembre. Sebastian y yo, para octubre de unos 4 o cinco años atrás, éramos más felices que nadie; y cuando todo se acabó, recordaba cada octubre con dolor, con un dolor muy profundo en el alma. Hasta el año anterior, que decidí verificar si lo que extrañaba era al recuerdo o a él. Obviamente, me di cuenta de que lo nuestro había muerto ya desde hace un tiempo, pero me sirvió para decidir dejarlo ir, por completo.

El octubre anterior, dos personas muy especiales en mi vida, también pasaron malos momentos. Y hoy, un año más tarde las cosas aún no se ven claras, pero tampoco tan turbias como el día de ayer. Cada vez que veo los ojos y las mejillas, de aquella mujer de tez impecablemente blanca, escurrir en agua salada, mi corazón no se parte en dos, se parte en mil pedazos; es como una pesadilla de más de un año de antigüedad. Tal vez ella se siente como me sentía yo hace 3 años y no sabe ni siquiera lo que su propio corazón le está diciendo.

Y aunque trate de no llorar con esto, no puedo. No puedo porque a nadie le gusta reconocer el final de nada. Porque nos hacen crecer pensando que el amor es eterno. Y no. El ser humano no es lo suficientemente inteligente para mantener viva esa semilla por tanto tiempo. No todos. Tal vez el fin ya llegó, pero nos agarramos tan fuerte a él que sólo nos hacemos más daño.

Hay que amar, y hay que hacerlo con fuerza y con ganas. Y cuando es el fin, hay que tener fuerza, sin importar las ganas.