L'eau de la vie

viernes, 1 de julio de 2011

Entre flores y rocas.

Estoy segura de que van a entender el punto, antes de la explicación. Les mando muchos besos, gracias por leerme.


Ahí iba, esa frágil y delicada infante, recogiendo todo lo que encontraba a su paso. Caminando lentamente, un pie frente a otro, se detiene, se agacha, observa y lo toma. Un pie frente a otro, una y otra vez, contando cada paso, pero sin perder de vista lo que había al rededor y al mismo tiempo contemplando como los tendones de sus piesitos se mueven cada vez que da uno más. Flores, prendedores, cuentas, catarinas, libros, rocas y cada vez que se le llenaban los brazos, guardaba todo dentro de su pequeña aunque infinita mochila. El ruido de las hojas de los árboles, moviéndose con el viento. Es extraño cómo el rededor parece ser todo y nada a la vez, cómo está lleno y vacío, liviano y al mismo tiempo pesado.

El viaje no parece tan largo, porque no hay horizonte; no sabe a dónde ir. Sólo camina, observa, se detiene, toma y guarda, sigue caminando.

Caminando pasó mucho más tiempo, más de lo que incluso pensó podía recorrer. Creció, y nunca lo notó porque jamás pudo verse a sí misma. De pronto, ya no cabía más en su bolsa, recogiendo tantas cosas que no iba a utilizar, tantas cosas que sólo estorban, tantas cosas que se descompusieron con el paso del tiempo, que se volvieron obsoletas, inútiles, que incluso nunca utilizó. Objetos, que representaron mucho más de lo que pensó cuando los recogió, que dudó que le sirvieran alguna vez y sin embargo, están atrofiados de tanto uso; algunos parece que tienen vida eterna. Flores, que a pesar de ser tan hermosas cuando las tomó, ahora, se encuentran secas o podridas pero igualmente sin vida. Rocas que sólo servían como un peso enorme atado a ella, sólo para anclar.

Al momento de clasificar y decidir qué llevar y qué dejar, parecía tardarse más de lo que había caminado en su relativamente, corta vida. Entonces, al mirar cada uno de los objetos que poseía, recordó el momento exacto en que lo levantó, casi como si tuviera un archivo mental de cada segundo de su vida. La sensación exacta al momento de obtenerlo, la textura, el aroma recorría cada milímetro de su nariz, una vez más, transportándola hasta aquel instante.

Derramó unas cuantas lágrimas, casi como la brisa del amanecer en la costa. Cerró los ojos. De pronto sintió como cuando tragas una pastilla que parece atorarse durante todo el día en tu garganta. Y la nostalgia la invadió. Sabía que había que caminar más, no sabía cuanto, sólo más. Algunas cosas tenían que irse, algunas todavía tenían vida, podían servir, poco o mucho tiempo más, qué importa. Las contó: seis. Las guardó, se paró y continuó. Le pareció extraño caminar sin tan poco peso, echando de menos cada momento su anterior carga. Se mantuvo tanto tiempo recordando que se olvidó de seguir observando. Decidió regresar y corriendo desesperada, tropezó. Al despertar de su inconsciencia, le pareció ver que algo brillaba a lo lejos. Pequeño pero resplandeciente, se levantó, y se acercó sigilosamente a su objetivo: un diamante.

Pasamos gran parte de nuestras vidas almacenando, recuerdos, objetos, personas; sin darnos cuenta de que necesitamos espacio para nuevas experiencias, buenas o malas, todas enriquecedoras. Pasamos tanto tiempo considerando deshacernos de algunas y cuando al fin lo hacemos, desperdiciamos aún más en nostalgia inútil que no nos permite ver otras cosas maravillosas, hasta que tocamos fondo.

No está mal detenerse, observar y guardar. Lo que es dañino, es no querer darnos cuenta cuando algo nos lastima o ya no funciona, por temor a no encontrar algo similar. Obviamente, nunca encontraremos nada igual, puesto que todas las flores son diferentes, todas las rocas son distintas, cada experiencia es única. Primero hay que tener en claro qué buscamos, así ahorraremos tiempo observando, almacenando, desechando y llorando. Será más fácil encontrar algo mejor la próxima vez. Igualmente, existen cosas que aunque parecen muy bonitas, pueden hacernos daño desde el primer momento, tenemos que aprender a medir el riesgo y si no lo vale, simplemente alejarse y seguir el camino. Y por otro lado, hay algunas que vale la pena conservar toda la vida, por eso dicen que los amigos se cuentan con los dedos de una mano.

La vida es un ciclo y desgraciada o afortunadamente, todo tiene un principio y un final. El secreto, es reconocer cada uno y jamás, jamás, despreciar aquel insecto de aspecto desagradable, porque cuando menos te lo esperes, será una hermosa mariposa, que te ayude a recorrer entre nubes y arcoiris, la eternidad de el cielo azul.

Atentamente Sandra G.